viernes, 2 de junio de 2017

El buró



-I-

Aquella mañana se había levantado de muy buen humor.


Era un día soleado y alegre, como nunca se había disfrutado en las bulliciosas calles del París ochocentista. 


El bullir del gentío era parte de la idiosincrasia en la hermosa y cultural villa; raro era el día en que las gentes se cobijaran pronto en sus casas para abandonar el trasiego de la animada tremolina. Hiciera sol o tormenta, cayeran chuzos o copos de nieve, siempre había un roto para un descosido, gentes para unos gustos y otros; era el precio a pagar por la variopinta mezcolanza de razas y culturas que se apuntaban a la urbanidad civilizada. Tan sólo la noche cerrada conseguía calmar algo la circulación de esa peculiar sangre que recorría las principales arterias de la ciudad.


Pero por pocas horas: las estrictamente necesarias para cumplir con el obligado descanso. 


Jean-Jacques se amamantaba de ese bullicio callejero –mi “droga mundana”, así lo definía con la boca pequeña-, poco a poco, degustándolo, como el que toma la reconfortante sopa con cucharilla postrera.


Los empedrados bulevares, aunque pardos y otoñales, lucían animados como siempre e invitaban al disfrute del paseo. 


Así pues, alzando la vista al frente, tomó sin más dilación las riendas de sus largas piernas y comenzó la andadura aceptándolo como un regalo personal, cabeza alzada y pasos medidos, amenazando al mundo con su sola presencia.


Se fue trazando mentalmente el itinerario… Acudiría primero al mercadillo para adquirir un pescado -el más barato, su peculio no le daba para más-, un pan y quizás alguna pieza madura de fruta. Después asomaría su figura por alguna de las tabernas de Montparnasse para observar y aprehenderse del perfume de ese curioso submundo…


Pero sin prisas –se dijo-; antes pararía en el camino y contemplaría las aguas del Sena donde las figuras de los patos y sus parientes, los encorsetados cisnes, agitaban las plumosas colas mientras picoteaban no se sabe qué cosas o animalillos que nadaran bajo la superficie. Le parecía que filosofaban entre ellos… Su fuerte no era precisamente la poesía, pero le resultaba muy embriagador escuchar el contraste del chasquido de sus picos con el chapoteo de las aguas, y eso le hacía detenerse intentando construir en su interior alguna que otra rima, siempre penosas, por cierto.


Allí –meditaba-, en aquellos lugares, dormitaba toda la historia de la bulliciosa urbe… 


Ese tesoro era lo que el joven escritor pretendía explotar en su propio beneficio, apoderárselo, sólo para sí, robarle a la ciudad los viejos y añorados olores a papel y a madera, a hierro y adobe, a ciencia y arte, y, si acaso pudiera, con todos los sentidos, para después trasladarlo a sus historias donde los atrabiliarios personajes creados por su imaginación tomaran vida e interpretaran con pasión sus “perfomances”.


Sería un buen día para el paseo, la contemplación y sentir de nuevo el solaz de notarse vivo y creativo. 

Recopilaría en su caminar emociones al vuelo, figuras de caras enfadadas, o alegres, o inexpresivas; sonidos, ademanes e insultos, el ruido quejumbroso de carretas y los golpes de los badajos en el campanario de la catedral, la Notre Dame… Coleccionaría los gritos de los alfareros y resto de mercaderes, el miedo a los sitios escondidos, algunos oscuros y olientes de orín y excrementos, el olor caliente de mujeres vendedoras de sexo rancio, la loca algarabía de los niños, ensimismados en inocentes o -a veces- juegos crueles…


Todo, todo eso era un material de incalculable valor para sus creaciones. 


Tendría la ocasión también de plasmar en su fuero interno la motivación de hombres envueltos en sudor y mugre por el esfuerzo de su delincuencia; a los chulos señoritos contratando sexo a las jóvenes prostitutas de las estrechas calles de Montmartre por dos miserables monedas de cobre; el olor a estiércol, a cieno, a aguas estancadas, a hojas muertas… La vida misma, con todos sus contrastes, que gratuitamente le ofrecía su viejo y querido París.


Nada era desechable al escritor que llevaba dentro. 


Presto pues, sus primeros pasos se dirigieron hacia los tenderetes que lucían con múltiples colores el asediado mercadillo. Allí dispuso de tres o cuatro monedas fraccionarias que convirtieron su bolsa panadera en algo más rollizo que un simple trapo -haciéndose de esta manera también más importante-, máxime después de haber calculado mentalmente que el precio total de las vituallas adquiridas había sido muy interesante para su mermada calderilla.

-II-

La charla y -casi siempre- sus discusiones con los mercaderes le divertían sobremanera. Le resultaba un juego emocionante llevarles la contraria con muy simulada mala cara, retándoles en el precio que solían exigir por sus viandas. A menudo conseguía sacarles de sus casillas con argumentos elocuentes y complejos, hasta que lograba la venta a la baja, y de esta guisa tramposa frente a sus mentes poco educadas obtenía precios más cercanos a sus pretensiones de compra.


Como es natural, sus estratagemas le procuraban que, al darse la vuelta, tras sus espaldas, algún que otro tendero le dedicara con aspavientos los peores improperios, dirigidos bien hacia su longilínea persona, bien acordándose de su santa y difunta madre.


Pero poco le importaba. ¡Todo por la causa… No estaba su economía para comprar un cuartillo a precio de cuartillo y medio!…


Sumido en estos pensamientos, apenas se dio cuenta de haber sobrepasado la orilla izquierda del río donde solía sentarse a meditar. Pensó en volver, pero lo desechó al considerar que la vuelta por el mismo camino también le brindaría después la oportunidad de visitar una vez más uno de sus sitios preferidos.


Accedió, pues, a la calzada con paso decidido evitando interceptar el camino de un carruaje tirado por un par de hermosos caballos. El fuerte sudor de los nobles brutos que tiraban de la carretela se evaporaba en caprichosas volutas que escapaban de entre sus crines, haciendo de sus poderosos cuellos una estampa perfecta para un nuevo cuento que, de repente, se plasmó en su cerebro…


Lo anotó en su libreta para después hacer uso conveniente del caprichoso momento.


Tras cruzar el bulevar, dio a parar a la entrada de una empinada callejuela que desembocaba -según creía él- a la estación del Oeste, recientemente construida. Después se pasaría por la estación para echar una primera ojeada; hasta ahora, no había tenido la oportunidad de curiosear un poco en ese lugar, y los trenes le entusiasmaban.
Había leído en la prensa local que en el futuro esa estación sería un punto de confluencia en el tránsito de mercancías europeo, especialmente desde Alemania, aumentando con ello las posibilidades de exportación, siempre necesario para Francia; aunque también los trenes de pasajeros brindarían a las gentes soñadoras la oportunidad de conocer más horizontes que los de la antigua Galia.

Esa lectura le había despertado un nuevo sueño. Algún día cumpliría esa inquietud y llegaría a escribir una buena novela de viajantes y desconocidos paisajes.


Sí: decididamente, el tema le gustaba.


Pero, por el momento, se conformaría con observar lo que tenía más a mano…


Así se consoló y siguió su camino.


Como el que no quiere la cosa, y por no medir sus pasos, quiso la mala fortuna que, casi sin quererlo, pisara un recuerdo que algún zigzagueante amigo del dios Baco había dejado en el adoquinado la noche anterior. Resbaló de tal suerte que su larga figura no tuvo más remedio que saludar violentamente el nivel del mismo suelo, pero evitando -¡gracias a Dios!- embadurnarse con el repelente y pegajoso líquido que adornaba la acera.


Visiblemente enojado se levantó injuriando al malnacido que dejara el recadito y trató de limpiar a manotazos sus únicos, pero relucientes, pantalones de las suciedades que se le hubieran adherido.


─¡Maldito bastardo! ¡Cerdo del infierno!… -exclamó, sin querer pararse a razonar que aquella mala suerte había sido el precio que a veces se paga por intentar ir por el mundo siempre con la cabeza muy alta.


Pero, los males no vienen solos, cosa que el destino le haría más adelante aceptar como algo inexorable.


Al menos para él…


Bueno; pues lo cierto es que, alzando la vista de nuevo, quedó petrificado.


─¡Qué hermosura de escritorio! –acertó a exclamar, quedándose embobado.


La tienda que tenía ante sí dejaba ver en su interior todo lo que una clásica almoneda podía ofrecer a aquellos locos encariñados con la grandeza de los muebles antiguos: cachivaches de todas clases, vestidos de fiesta pasados de moda, lámparas de aceite de ballena, velones, peces disecados oliendo a formol rancio, varias sillas carcomidas por las chinches y otros muebles… Todo un etcétera de viejos enseres.
Pero algo especial, muy especial, sobresalía entre todas aquellas cosas desechadas por el hombre normal: un buró…

… Para ser más exactos: “aquel buró”… 


¡Era único…! –se dijo, entusiasmado. Un escritorio precioso, finamente tallado en madera noble –caoba, o cerezo, posiblemente- artísticamente lacada, de un color caramelo que incitaba al encanto de la escritura. 


¡Es una maravilla!… –no pudo evitar gritar voz en alto en plena calle.


Se acercó algo más para observar con detenimiento los delicados adornos que representaban las incrustaciones marfileñas que enfatizaban el lujo de sus líneas, y se atrevió a tocarlas como se acaricia a una mujer hermosa por miedo a romperla…


Puso especial atención en sus compartimentos, unas gavetas que guardarían los utensilios de escritor, donde celar después bajo llave las historias más logradas, los sueños más quiméricos, las ideas, los proyectos más inimaginables…


Y, por último, el tablero de escritura, en piel de la mejor calidad… Jamás había visto una joya tan refinada. Sus ribetes dorados estaban labrados con unos arabescos de entrelazadas figuras geométricas donde se notaba que el artista, dueño de esa descomunal obra –posiblemente inglés, o quizás francés-, no se había recatado lo más mínimo con el carísimo pan de oro.


Escribir sobre aquella “delicatessen” tenía que ser el sueño dorado de todo intelectual. Sentir frente a él el nacimiento de las palabras sobre el papel y escuchar la caricia de la plumilla sabiéndose arrastrar sobre la verde piel, se le antojaba alucinante, obscenamente voluptuoso.


─¡Menuda maravilla! –volvió a gritar.


─¿Le gusta, señor?… Se lo dejo a buen precio… –oyó a su espalda, pillándole de improviso.


El anticuario le miraba fijamente por encima de unas gruesas gafas. Su aspecto era afable, de unos setenta años; pelo canoso, bajito, enjuto y bien encarado, con mirada de lupa escrutadora. Quizás algo desaseado en lo personal por la descuidada barba y el grueso bigote grisáceo que le confería el aspecto de un pequeño guerrero galo, pero que le hacía un juego perfecto con la cachimba de la que humeaba un embriagador tabaco de mezcla holandés. Vestía un pantalón de peto y una camisa a cuadros azules.


─¡Oh!… Lo siento, señor. Perdone, pero no he podido contenerme. Este buró es una verdadera preciosidad; sin embargo,  me es imposible comprárselo… 


…Verá; soy escritor y mi fortuna es…, es…, ya sabe… ¿me comprende?… –continuó avergonzado. 


Pero –terminó diciendo, dejando una puerta abierta al diálogo-, le confieso que daría cualquier cosa para que esta maravilla adornara el humilde salón de mi apartamento.


El regateo siempre fue algo superior a él; pero esta vez era plenamente consciente de que tal belleza no estaría jamás a su alcance, ni mucho menos.


─¿Para quién si no está hecho un secreter? Un buen escritor es lo que está pidiendo este noble mueble, y no un estibador del puerto, digo yo… -le contestó, soltando el viejo unas risitas enigmáticas.


─Insisto; si le gusta, se lo dejo a buen precio… –continuó, arrastrando esta vez entre sus labios y la cachimba sus tres últimas palabras.


A Jean-Jacques le picó la curiosidad; era evidente que jamás podría adquirirlo, pero aquel pícaro e inteligente viejo había conseguido engatusarle en extremo.


─¿Cuánto quiere por él? –se atrevió, por fin-. Es sólo por saberlo; quizá conozca a algún amigo que pueda quedárselo. Yo ya le he dicho que no puedo comprarlo… 


…Y yo no quiero vendérselo, mi joven escritor, ni a usted ni a ninguno de sus desconocidos amigos le contradijo.


─¿Cómo? ¿Me está tomando el pelo…? –se encabritó.


─No señor, en absoluto… ¡Se lo alquilo! Este bello secreter jamás estará en venta. ¡Ni para usted ni para nadie…! –le dijo, también alzando la voz malhumorado por el desaire.


─Perdone; ¿ha dicho que me lo alquila? ¿He… oído bien? –preguntó con aire más contenido, pensando que aquél viejo anticuario estaba realmente loco.


─Ha oído usted muy  bien y no se lo voy a repetir. Medio franco de plata al mes, y es mi última palabra. ¿Le interesa o no?…


Jean-Jacques no se lo pensó dos veces.



-III-

La emoción que sentía era incomparable con cualquier otro sentimiento.


Aún no se lo podía creer,  iba a disfrutar de aquella maravilla durante al menos… ¡dos meses! Su esmirriada bolsa había quedado tocada de muerte, pero merecía la pena, era una inversión muy valiosa. Estaba seguro de que podría obtener con sus publicaciones tres francos más durante el mes siguiente, y guardarlos para después prorrogar el plazo del contrato otros dos meses más, y así mientras pudiera.


Tembló -no obstante- cuando cayó en la cuenta de que el diario local al que mandaba sus relatos jamás pagaba religiosamente. 


“Monsieur Enri Dupré” -así se hizo llamar el anciano- había sido en extremo exigente a la hora de firmar el documento: por ejemplar triplicado y redactado con unas cláusulas draconianas para el caso de desperfectos, roturas o desaparición del mueble, y  bla, bla, bla…, un montón de términos jurídicos que a duras penas logró entender.


El viejo le dijo que venía de familia leguleya y que su dilatada experiencia de comerciante le dictaba que “…las palabras se las llevaba el viento…”, que sólo “… el papel bien amarrado podía soportar tanto la euforia de los más violentos tifones como los cínicos argumentos del más recalcitrante e incumplidor contratante”, según sus propias expresiones.


Amigo… –le aseguró-, en los negocios no hay amigos, ni familia ni padrinos…”, y a fuer de ser sincero tuvo que reconocer que el aserto del vejete era tan cierto como real.
Hizo especial hincapié en asegurarse de que, en caso de su fallecimiento, quedaba facultado “sin más trámites, para retirar del domicilio, de forma inmediata”, el secreter de su propiedad, haciéndoselo autorizar así, de forma expresa y en mayúsculas, en el último párrafo del contrato.

La verdad es que todo esto le pareció justo, pero en absoluto su rocosa negativa a llevarse el mueble, aún habiendo pagado ya el precio consensuado. A él le hubiera resultado muy sencillo encontrar un medio de transporte, pero Monsieur Dupré se negó y se negó rotundamente sin que hubiera forma humana de convencerle de lo contrario, como tampoco quiso explicarle el motivo de su negativa.


Finalmente, quedaron en que un mozo se lo llevaría al apartamento recién amaneciera el siguiente día, despidiéndose ambos con un fuerte apretón de manos.


Minutos después –ya en el bulevar- cayó en la cuenta de la robustez del viejo anticuario, pese a la edad que aparentaba, pues su efusiva despedida le había dejado bien marcados los seis dedos de su mano derecha durante un buen rato… 


… ¿Seis dedos…? … ¿Seis dedos…? 


Este detalle se le quedó aparcado en la mente, aunque se dijo que en alguna ocasión había oído o leído que existían personas nacidas con este tipo de… ¿deformaciones?


Pero, en fin; dejando este pequeño detalle al margen, el caso es que el joven escritor salió de la almoneda orgulloso y estirado, pecho henchido, mirada al frente y dueño exclusivo de su éxito, envuelto en una nebulosa de quimeras y felices ensoñaciones…


Se imaginaba ya recreando a vuelapluma el esbozo de las magníficas historias que llegaría a forjar sobre aquel hermoso tapete, apoyado sobre el tablero y envuelto en el cariñoso abrazo del soñado y felizmente conseguido buró.


Y de esta forma, tendió Jean-Jacques sus pensamientos al aire de los sueños con la intención de dirigirse a su morada y esperar con nerviosa impaciencia el cumplimiento del contrato por parte de Monsieur Dupré. 



-IV-

No había podido conciliar el sueño durante toda la noche pensando en el rincón donde colocaría el ansiado escritorio: al lado de su litera, cerca del ventanal que daba a la Place du Tertre, siempre ajetreada por las discusiones del gentío, o  quizás en medio del salón que, a la postre, era -a su vez- vestíbulo, dormitorio, cocina y escusado.


A pesar del ínfimo espacio disponible, aún no lo tenía decidido, y eso le ponía muy nervioso. El pequeño apartamento apenas disponía de unos pocos metros cuadrados, quizás ocho o nueve, no más, y en él transcurría su monótona vida desde hacía más de dos años.


El ventanal daba a la plaza, y era el único hueco por donde entraba la luz del día… -aparte del frío, el calor, el viento y la lluvia, siempre dueños de las rendijas que impedían el cierre de los batientes.


La buena de Bernadette se lo había dejado en herencia; la única hermana de su difunto padre era el único familiar que le quedaba hasta que falleció por consecuencia de un desgraciado accidente. A ella debía agradecerle tener al menos aquel cobijo donde ella había exhalado su último aliento; el mismo lecho que ahora ocupaba él cada noche había sido testigo de su larga agonía. La recordaba a diario y la echaba de menos; parte de su infancia y un tramo de su juventud transcurrió al lado de sus faldas…


La estaría eternamente agradecido por haberle tratado como si fuera su propio hijo.


…“El día de mañana serás un gran escritor, mi querido Jean… Francia te recordará por tus grandes obras, y hasta el mismo infierno se rendirá a tus encantadoras novelas…” –le había caramelizado el oído en muchas ocasiones mientras le servía en el plato sus sempiternas gachas.


Sumido en estos pensamientos, cayó en la cuenta de que debían ser más de las once.


La tardanza del mozo le produjo desazón; hacía más de cuatro horas que había amanecido y no vislumbraba el momento de su llegada. El viejo le había prometido que, tras el amanecer, haría llegar el mueble a su domicilio. La larga espera se le estaba haciendo eterna e insufrible.


Se incorporó del asiento con un nervioso respingo acercándose con muy mal humor hasta el ventanal. La Place du Tertre estaba empezando a convertirse en el lugar preferido para pintores y bohemios de toda índole, amén de rincón de conversaciones cultas, clandestinas reuniones de discusiones políticas, y también de negocios a veces no muy limpios.


Se alegraba por ello; este ambiente le había procurado mucho material que había sabido explotar eficazmente en muchos de sus relatos.


Lo cierto es que, con súbita alegría, por una de las calles que desembocaban a la concurrida plaza, divisó un pequeño carromato que, tirado por un mulo, portaba –¡por fin!- su tan esperado escritorio…


─¡Bien hallado sea Dios, por Belcebú…! –exclamó suspirando, ya más tranquilo.



-V-

Despidió al mozo empujándole después de firmarle el recibo y cerrando la puerta con rapidez. Estaba deseando quedarse a solas y sentarse frente a él para admirar su belleza.


Después de recuperar el resuello que le produjo la emoción del momento, procedió a desembalar con mimo el objeto de sus deseos;  fue destapándolo quedamente, como a una bella mujer a la que descubrir el secreto de su esbeltas líneas, despojándole poco a poco de la doble tela de arpillera que se había utilizado en su envoltura para protegerle de los golpes durante el traslado.


Cuando lo hubo conseguido, ensimismado y resplandeciente de admiración, tomó asiento en el borde del lecho y se detuvo a admirarlo tomándose todo el tiempo del mundo.


Al cabo de un largo rato, decidió instalarlo delante del ventanal.


Tal hizo y colocó frente al mueble la única silla que tenía. Observó el conjunto de ambos y, encontrándolo a su gusto, tomó el capote disponiéndose a visitar el mercadillo de Montparnasse con la idea de adquirir alguna resma de papel, un par de botes de tinta y algunas plumillas nuevas, y así rendirle el debido culto al mueble durante las tranquilas horas de la noche, a solas, disfrutando y bebiendo de la escritura.


Fue cerrando la puerta con mucho sigilo al tiempo que admiraba nuevamente por entre la rendija las líneas del secreter.


─¡Va a ser genial!.. –gritó, frotándose las manos, llegando al portal.



-VI-

El reloj del Hôtel de Ville marcó diez largas campanadas.


No le había sido fácil volver hasta Montmartre; los gendarmes se habían apostado a la salida del puente para ejecutar una redada y habían cortado con fuertes medidas de seguridad la huída de los delincuentes que buscaban. Las pitadas de sus silbatos aún le resonaban en los oídos.


Después de identificarse debidamente, los gendarmes le dejaron pasar sin más explicaciones. Había tardado más de una hora en poder cruzar el puente y la noche se había echado encima.


Por muy buen precio, como siempre, había comprado en el mercadillo el material necesario para ponerse manos a la obra. Se había entretenido después en visitar tres o cuatro tabernas -ya no recordaba bien cuántas, debido a los vapores que le azufraban- donde cumplió con fervor sus oraciones calentándose el estómago con varias jarras del peleón vino de la campiña. También intentó medio llenarlo con un cuarto de pan y un trozo de salchichón cuya dureza le recordó mucho el cuero de sus viejos zapatos.


Según se iba acercando a la Place du Tertre planeó pasar la mañana siguiente por el periódico local y pactar con su director la entrega de todas esas nuevas historias que desde hacía horas pergeñaba en su cabeza. La sola idea le produjo escalofríos, esta vez reconfortantes.


Cuando llegó al portal ya tenía decidido el final del relato que escribiría esa noche.


Presto, pues, subió los escalones de dos en dos y abrió la puerta…



-VII-

La poca luz reinante no ayudaba mucho. Los farolillos de gas existentes en la plaza eran más bien mortecinos y el ventanal apenas recogía sus débiles reflejos; tomó a tientas el candil de parafina que tenía en la pared, localizó la mecha y la prendió.
Poco a poco, la temblorosa proyección de la llama le permitió distinguir con más claridad los objetos circundantes, y lo primero que hizo fue buscar entre la semipenumbra la figura del buró.

Se acercó y observó extrañado que a la izquierda del tapete se disponían, perfectamente ordenadas, unos cientos de cuartillas de papel en blanco que él no recordaba haber dejado allí.  Pero lo que más le sobresaltó -poniéndosele esta vez los pelos como escarpias-, fue la disposición del tintero y la pluma, ambos meticulosamente preparados para la escritura.


Era evidente que él no había sido el autor de esos preparativos, pues hasta su vuelta carecía del material necesario. Se quedó pensativo intentando descifrar el misterio, lucubrando sobre quién pudiera haber entrado en su morada y gastarle la “divertida” broma.


Quizás fueran los recientes vapores del vino –se dijo, dubitativo.


Dejó el capote sobre el lecho y, con ciertas precauciones, tomó asiento frente al buró dispuesto a plasmar algunas ideas…


…¡Valdría más que no lo hubiera hecho!…


Una especie de halo carmesí rodeó todo el contorno, como si una burbuja hecha de un magma líquido y transparente hiciera de ambos, escritor y buró, un mundo aparte de aspecto infernal. Las gavetas del escritorio –excepto dos- se abrieron y cerraron sin cesar, comenzaron a interpretar una melodía agónica y tamboril, imitando los latidos de un corazón…


… Pom, pom, pom, pom, pom, con un ritmo rápido…


Después fue bajando durante unos segundos, para después retomarlo alocadamente, y así secuencialmente, una vez tras otra…, pom…, pom… pom…, una y otra vez…, una y otra vez…


En uno de esos momentos de espasmos cardíacos, uno de los folios se movió lentamente como llevado por una invisible y fantasmal mano, para después colocarse en el tablero frente a los desencajados ojos de Jean-Jacques…


Un segundo después, la pluma salió del tintero y repitió el mismo movimiento con vida propia, con la punta ya humedecida en tinta, lista para la escritura, ofreciéndose con movimientos sensuales a la mano del escritor e incitándole a plasmar en el folio todas las ideas de un gran relato.


─¡Esto es… insólito; tengo que estar soñando! ¡He de levantarme y salir de aquí…! –gritó aterrado, negándose a la fantasmal invitación del utensilio.


Bastó pronunciar estas palabras para que en un instante, como un resorte y a una sola orden, se abrieran las dos gavetas que permanecían cerradas y salieron de ellas cinco pequeños diablillos. Su aspecto, pese a su pequeñez, era tenebroso: ojos grandes y rasgados, incendiados de odio, piel arrugada de un color rojo sangre, unas bocas que se contraían con risas burlonas y crueles y sus piernas remedaban las patas posteriores de un macho cabrío.


Los cinco vestían pantalón corto de peto y una camisa a cuadros azules.


Sin más dilación, de un saltito y todos a una, se precipitaron desde el borde de las gavetas hasta el centro del tablero y, con movimientos perfectamente aprendidos y controlados, al unísono, cogidos de la mano a veces, sueltos en algún compás en otras, comenzaron a ejecutar un baile obsceno, retorciéndose, dándose palmadas, juntando sus bocas y sobándose voluptuosamente las entrepiernas...


Gritaron, repetidamente, cada uno de ellos con una vocal distinta, ¡ja, ja, ja…! ¡je, je, je…!, ¡ji, ji, ji…!, ¡jo, jo, jo…!, ¡ju, ju, ju!..; y no porque se carcajearan del joven y aterrado escritor, sino porque pronunciaban sus propios nombres a modo de presentación mirándole fijamente a los ojos.


─¡Esto es delirante… Dios mío, quiero salir de aquí!–gritó, intentando levantarse del asiento y huir de aquella horrible escena.


De súbito, se hizo el más absoluto silencio. Las gavetas cerraron su infernal tamborileo y los diablillos aprovecharon ese momento de distracción para, entre los cinco, sujetar al escritor con sus pequeñas garras de seis dedos y conseguir de esta forma hacerle coger -por fin- la volátil pluma.


Sintió repentinamente una insuperable comezón en su mano, un deseo irrefrenable de contar historias, cuantas más mejor, cientos de relatos…


¡Y a buen seguro que cumpliría su sueño…!


Todo lo demás aconteció de esta misma forma, mañana tras mañana, tarde tras tarde, noche tras noche, hasta el final de la semana siguiente en que sus fuerzas se extinguieron y se dio por vencido frente a su bello y maravilloso buró.


Cientos de hojas manuscritas quedaron dispersas en el suelo; los diablillos iniciaron rápidamente la recogida guardándolas en perfecto orden, distribuyendo las resmas entre las diversas gavetas del escritorio.  Después, con la técnica propia del más experto cirujano, cortaron del vientre de Jean-Jacques un trozo rectangular de piel, guardándola bajo llave.


Finalizado el trabajo, se retiraron entre carcajadas para despedirse, encerrándose en los nidos que antes les habían cobijado.


La esfera infernal desapareció y todo volvió a la normalidad…


Excepto Jean-Jacques.



-VIII-

Tres días después, alguien compareció ante la gendarmería del distrito reclamando para sí la propiedad del buró.


La exhibición del contrato donde aparecía la firma del joven fallecido convenció al jefe de policía, y no tuvo mayor inconveniente en que se retirara el mueble reclamado. Antes se había mostrado muy suspicaz con aquel viejo sobre si tenía alguna información que pudiera ayudar sobre la extraña muerte del escritor.


La falta de un trozo de piel en su vientre le tenía muy intrigado, pero tampoco supo éste decirle.



-IX-

En la trastienda del local, pulsó un resorte escondido bajo el tablero y automáticamente se abrieron dos gavetas. Saltaron al tiempo cinco diablillos colocando en el centro del secreter una pequeña prensa y sacaron centenares de hojas manuscritas del resto de los cajones; tras ordenarlas en un santiamén, las colocaron celosamente en su interior.


Después, procedieron al encolado del lomo con tiras de un tejido parecido al algodón que empaparon con un fuerte engrudo. Por último, abrieron el último de los cajones y extrajeron con mucha delicadeza de su interior un trozo de piel reseca, la envolvieron y pegaron en una doble cartulina, dándole la forma del libro con el que finalmente unieron para servirle de tapas.


Hecho esto, prensaron todo el conjunto y forjaron un sello de plomo, lo humedecieron en tinta indeleble, lo izaron sobre la tapa y después sobre el lomo, imprimiendo por fin el título con el que sería eternamente conocido en la Biblioteca del Miedo: 



TOMO 6666
COLECCIÓN JÓVENES ESCRITORES
“LAS CIEN ÚLTIMAS OBRAS DE TERROR DE JEAN-JACQUES”
–Impreso por Enri Dupré, Diablo Mayor de París (Francia)- 


-Epílogo-

La mañana en Baltimore se mostraba muy digna para dar un paseo… 


 


La tienda estaba cerrada, pero quizás fuera bueno esperar a que el dueño se presentara…


─Este buró es una obra de arte –dijo Poe a su acompañante femenina. ¿Te has fijado en sus líneas delicadas, Virginia…? Invitan a escribir…


─Te encantaría llevártelo… ¿verdad? –le dijo ella, mientras él seguía admirando tras el cristal los bellos detalles del mueble.


─¿Le gusta, señor?… Se lo dejo a muy buen precio –oyeron a su espalda, pillándoles de improviso…



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