sábado, 3 de junio de 2017

La choza




-I-

El ulular del viento intentaba remedar el gemido de una tuba y se colaba sin recato por entre las rendijas de la puerta. Dentro de la choza, la oscuridad era total y el silencioso úrsido pretendía encontrar cobijo en su interior, convirtiéndose así, por el momento, en el único dueño de sus misteriosos rincones. El frío, el hambre y la traicionera curiosidad le hicieron olvidar su tradicional prudencia y accedió a ella empujando y metiendo su hocico entre la abertura que la acción del viento había conseguido vencer. Sus ojos buscaron acomodarse a la penumbra y lograr la mayor profundidad que le permitía su miope visión; se detuvo unos segundos y observó sorprendido unas extrañas sombras cuya pertenencia le resultó desconocida proyectándose fugazmente sobre la pared del fondo y, aunque su fino olfato no le dio aviso de peligro, su instinto optó finalmente por desistir haciéndole recular e intentar salir de aquel lugar…, sin conseguirlo.

Afuera hacía un buen rato que caían abundantes y gruesos copos de nieve; poco restaba ya para que el denso tejido de sus fríos algodones lograra ocultar los últimos vestigios del sendero que podría conducir los pasos de un perdido caminante hasta el refugio. Su denso manto no perdonaba color alguno que no fuera el blanco impoluto. La tempestad tenía todo el aspecto de arreciar en pocos minutos; el cielo se iba enfatizando con un tono gris plomizo y el atardecer no iba a tener más remedio que sucumbir prontamente a manos de una oscuridad no consentida.


Poco a poco, los grandes abetos fueron tendiendo sus brazos ante el peso de la nieve y se unieron al desconcierto ambiental, ayudando también en ocultar a la vista del más curtido observador cualquier camino mínimamente reconocible. La temperatura bajaría pronto hasta los veinte grados bajo cero y los más mínimos soplos de aire trocarían en los afilados cuchillos del más diestro carnicero. A lo lejos, los quejumbrosos aullidos de un enfermo y viejo lobo, expulsado de su manada y acuciado por la fiebre y la hambruna hasta la extenuación, anunciaban su inminente expiación antes de sugerirle a la luna su viaje hacia la nada.

-II-

El norte de Alaska siempre fue tierra de extrañas y truculentas historias, casi siempre inventadas por los inuits, su población nativa. Otras versiones dicen que fueron tomadas prestadas de algunas tribus indias que vivieron más al sur y que osaron viajar por aquellas inhóspitas tierras, Después de cerrar tratados de paz e intercambiar con aquellas buenas gentes sus alimentos, cuentas y demás abalorios, fustigaron sin piedad las grupas de sus nobles cuadrúpedos tan pronto como notaron los primeros fríos, y juraron nunca más volver a pisar aquel infierno ártico en la época de su estación invernal. Tal fue el miedo que les entró al primer contacto con los hielos de la Alaska cruel.

El espíritu de sus antepasados, de sus variados dioses y los de los animales cazados por los más fuertes guerreros inuits -siempre fieros, algunos, incluso, devoradores de hombres- rondaba siempre en los rezos de aquellos pequeños pero grandes hombres.

En no pocas ocasiones la deformación de esas historias también llegaba a convertirlas en verdaderos cuentos de terror con los que el narrador conseguía atemorizar a las viejas y los niños del poblado cuando el tiempo apacible les permitía rodearse alrededor del sagrado fuego comunal. Los reflejos de la crepitante hoguera se proyectaban sobre la cara del viejo y desdentado chamán, surcada de tortuosas cicatrices, producto de las viejas heridas de joven cazador y de muchos años que habían conseguido escapar de las fauces de cualquier animal.

Ni que decir tiene que éste era el acompañamiento más propicio para provocar ese ambiente irreal y fantasmagórico buscado por el anciano brujo. Lograba concentrar en su encorvada figura los ojos rasgados de aquellas crédulas gentes que, al compás de la narración, iban acercando con miedo sus cuerpos creyendo protegerse mejor de esta manera de aquellos invocados seres monstruosos e infernales, en ese círculo cerrado y protector.

Varios guerreros habían partido durante la mañana en busca de caza y se esperaba su vuelta con ansiedad. Había entrado la época de los gélidos hielos, y aprovisionarse lo máximo posible para aguantar las acometidas de la estación invernal era el único trabajo en el que se les permitía extralimitarse. Las pieles y la carne eran consustanciales a su existencia, pero la madre naturaleza, aun extremadamente dura en aquellas tierras, les surtía de las suficientes focas y caribúes como para seguir defendiendo su delicada supervivencia.

Aún así, era un pueblo condenado a la extinción, más tarde o más temprano, y lo sabían.

Desde la llegada del hombre de piel de nieve, su población se había diezmado muy sensiblemente. Las enfermedades contraídas por consecuencia de su presencia habían tenido mucho que ver con la creciente mortalidad, pero también el carácter violento y sanguinario de aquellos hombres altos y pendencieros. A esto se le uniría la baja tasa de natalidad que acompasaba poco a poco hasta el final de un orgulloso, pero apacible, pueblo.

-III-

Astuk regresaba con sus dos perros de su cacería de focas, y en aquella ocasión la suerte le había vuelto la espalda. Tres salmónidos y dos pequeñas ratas almizcleras fue lo único que consiguió llevar a su morral; pero al menos le servirían para engañar el hambre durante dos o tres días, como mucho.

Había estado a punto de lograr una buena pieza, pero se le escapó en el último momento tras una escarpada pared de hielo que le fue imposible acometer. La gran foca consiguió patinar a su través y fue a parar al agua directamente por un hueco impracticable para él por el que nunca más volvería a verla. Con ello perdió la piel, la carne y –sobre todo- el hígado del lustroso animal.

Su fracaso en la fallida persecución le llenó de vergüenza.

El atardecer se le echó encima sin avisar; sopesó mucho la idea de volver al poblado y ponerse a resguardo al lado de sus parientes, pero observó que una gran nevada se estaba empezando a gestar y venía acompañada de un aire hiriente y cegador, por lo que decidió finalmente buscar el cobijo más cercano antes de que cayera la noche, y así intentar salvar su vida y la de sus dos compañeros.

Ajustó sus manos al trineo dirigiendo sus voces hacia los canes para rogarles con cariñosas palabras el inicio de la marcha del pequeño arrastre. Recordaba que en dirección sur quizás podría cobijarse en un bosque de abetos, tomar algunas de sus ramas y construir un chamizo donde esconderse provisionalmente de los embates de la tempestad que se avecinaba.

Breka y Talum eran dos excelentes ejemplares de perro malamute, siempre cariñosos y juguetones, tremendamente fuertes y preparados para la lucha contra los elementos; daría cualquier cosa por mantenerlos a su lado, costara lo que costara, incluso su propio corazón. A ellos les debía la vida; no en una, sino en tres ocasiones, su calor corporal le salvó de morir en la inhóspita llanura helada.

Al cabo de una media hora consiguió acceder a la primera hilera de abetos.

El aspecto del bosque era aterrador y ahogaba el aliento; ocultaba cualquier visión, en apenas medio metro se podía discernir el verde oscuro del follaje. Sólo parte de sus troncos no cubiertos por la nieve indicaban que no eran fantasmales formas de hielo. Acercó el trineo hasta un pequeño descubierto y acarició a sus perros infundiéndoles ánimo; se acuclilló a su lado y esperó unos minutos intentando recomponer la situación y dirigir con éxito la supervivencia en aquel lugar. Tenía que resolverlo con rapidez; la tormenta no tenía intención de calmar su ira y el tiempo ya se estaba acabando. Debía encontrar sin más demora un cobijo para los tres.

Cuando el viento se volvió insoportable, quiso el dios Sila que Talum acertara a encontrar un casi escondido y retorcido sendero cuyo final se atisbaba no muy lejano. Tres nerviosos ladridos le indicaron a Astuk el descubrimiento y con dos grandes abrazos compensó al inteligente can reanudando el trabajoso deambular. Por fin, tras doscientos metros de tirar del trineo, exhausto y al límite de sus fuerzas, el pequeño inuit acertó a divisar entre aquella cortina de nieve la choza de un cazador…

-IV-

El chamán convocó a los hombres del poblado para comunicar la mala noticia de la desaparición de uno de sus guerreros; dos de los que habían regresado sanos y salvos, aunque exhaustos, dijeron que no habían visto a Astuk desde que decidieron separarse de él para seguir las huellas de varias presas. Habían tomado diferentes caminos, reconociendo también lo irresponsable de aquella decisión. La fuerte ventisca y la repentina bajada de la temperatura hicieron el resto para que les resultara imposible encontrar su pista; tras varias horas de inútiles esfuerzos sin hallar huella alguna, cayendo el atardecer, con buen criterio optaron por regresar al poblado no arriesgando más sus vidas.

Golek, el chamán, visiblemente preocupado, pidió a los cazadores que se retiraran a los iglús para recuperar las fuerzas perdidas; la consigna era que al amanecer siguiente, si la tormenta amainaba y el dios Sila lo autorizaba, ordenaría una nueva batida que intentaría de nuevo encontrar su paradero. Él conocía sobradamente a Astuk y sabía de su indomable valor y resistencia. Desde muy niño le había ido transmitiendo todos sus conocimientos, le sabía fuerte y preparado para superar las más duras adversidades que le aguardaban.

Sin embargo, el tiempo no jugaba a su favor; en apenas cinco o seis días se verían obligados a cambiar la ubicación del campamento. El invierno ya se había anunciado con aquella primera tormenta y tendrían que dejar el lugar para elegir otro donde unos iglús más adecuados facilitaran a su gente soportar las bajísimas temperaturas y los gélidos vientos del ártico, cuya llegada era inminente. Aquel campamento ya no iba a asegurar la supervivencia de su pueblo, tendrían que adoptar los preparativos lo antes posible.

Ahora, por el momento, tan sólo le quedaba la penosa obligación de comunicar la mala noticia a la familia de Astuk, dirigiendo sus pasos con esa intención.

Kalaac, su mujer, rompió a llorar amargamente cuando el chamán entró en la tienda y le confirmó la desaparición del esposo. Los dos pequeños, que no habrían cumplido aún los cuatro y cinco años de edad, se acurrucaron junto a su madre tratando de comprender inútilmente la tristeza de aquellos rostros; pero se tranquilizaron un poco cuando encontraron la candorosa protección del abrazo de la joven inuit.

Su abultado vientre anunciaba una nueva vida; saldría de cuentas en un par de días y su tercer hijo vería la luz en aquel mundo infernal, recién entrado el crudo invierno. Su padre sería fundamental para poder alimentarle y mantenerlos unidos. Si llegaba a confirmarse la muerte de Astuk, ella se vería obligada a cumplir la antigua tradición de su pueblo y estrangular al futuro hijo hasta hacerle expirar el último hálito de joven vida.

No quiso pensar en ello y le rogó ayuda con una mirada implorante; éste hizo un gesto de impotencia, torció una mueca evitando asomar los últimos dientes que le restaban, sin lograrlo, y dando media vuelta salió cubriéndose con el grueso gorro de piel, dejando tras de sí la amargura para enfrentarse de nuevo al helado golpe del viento ártico.

-V-

A medida que se iban acercando hasta el bosque, la ventisca iba permitiendo poco a poco perfilar el entorno que le rodeaba, pero la nieve se había acumulado tanto alrededor de la choza que siquiera parecía lo que realmente era.

El pequeño cazador pudo observar –no sin cierto resquemor- el mal estado que presentaba lo poco que podía verse del escondrijo. Mediría poco más de dos metros de altura y ocupaba una circunferencia de ocho, aproximadamente; la estructura parecía estar hecha al estilo de un iglú, pero con tablones de abeto. El techado era un conglomerado de ramas y helechos que cumplía perfectamente su función.

También podía verse la mitad de la puerta que daba acceso al interior; hecha también de maderas -corroídas por el paso del tiempo, los insectos y los duros inviernos-, el único batiente entornaba un par de centímetros, aunque daba la sensación de no haberse abierto en muchos años.

Lo cierto es que Astuk creyó reconocer ese lugar, y era consciente de que había pisado su fronda en otras ocasiones, pero no recordaba haber visto la extraña choza que tenía ahora frente a sí.

Tanto Breka como Talum mostraron su nerviosismo y comenzaron a emitir unos gruñidos amenazadores. Intentó calmarlos acariciándoles los lomos y exigiéndoles silencio; después los soltó del arrastre para que se guarnecieran y esperaran sus órdenes. Ambos perros, siempre fieles a su dueño, trataron de domeñar su carácter y sentaron con obediencia ciega sus traseros en la nieve. Se limitaron entonces a vigilar el entorno que les rodeaba, pero sus gruñidos de desconfianza seguían estando presentes, un tanto más ahogados y contenidos por la orden autoritaria de su amo.

Astuk notó que no apartaban la vista de aquella enigmática puerta.

Se desprendió del arco y lo dejó cuidadosamente en el trineo, pero mantuvo cerca de sí uno de sus arpones para utilizarlo en caso de ser necesario. Sin perder más tiempo cogió la pala y comenzó a retirar la nieve que le impedía la entrada. Seguía nevando con fuerza y, aunque el viento había calmado su ira levemente, tendría que darse prisa y acceder cuanto antes al interior junto con sus buenos amigos.

Al cabo de un rato, la puerta por fin estuvo dispuesta a ser franqueada; se dispuso a desvencijarla con una de las puntas del arpón. Tiró con fuerza hasta que consiguió abrirla a medias, pero no pudo vislumbrar en el interior; la noche ya se había echado encima definitivamente y la penumbra impedía ver más allá de un cuarto de lanza…

Estaba exhausto, su único pensamiento era entrar y llamar a sus perros para darse calor y mutua compañía hasta que el temporal amainara.
 

-VI-

Decididamente, entró, pero sin los perros…

Cuando quiso darse cuenta de la encerrona ya fue tarde para él. La puerta se bloqueó tras de sí y el suelo se abrió en una furiosa espiral de aguas heladas. Astuk perdió pié y cayó en su infernal movimiento, sintiéndose irremisiblemente succionado, como si la boca de una gran ballena ártica lograra sustraer todo el plancton oceánico y fuera a parar a su negro estómago tragado a través de una garganta de terror.

Mientras, en el exterior, oyó los ladridos de sus perros y notó la angustiosa sensación de la progresiva lejanía de esos queridos sonidos hasta su completa desaparición.

Notó cómo su viaje hacia el fondo de las frías aguas se iba precipitando cada vez más rápido, pero sin tener sensación alguna de ahogo. Mientras duró la fuerza de aquella succión diabólica -quizás minutos, quizá segundos, no pudo discernirlo-, su cuerpo se fue empequeñeciendo a medida que se hundía al cruzarse con enormes marsopas, cachalotes y extrañas criaturas de tamaños que jamás había visto. Una raya de proporciones gigantescas azuzó con destreza su enorme arpón trasero y atravesó sin esfuerzo el lomo de un cetáceo cuyo cuerpazo no tenía nada que envidiar a la atacante…

La visión casi le hizo perder la cordura. Antes de caer en el desvanecimiento total pudo ver el fondo arenoso del océano, cubierto de algas y coralinas edificaciones, brindándole su mullida cama de descanso eterno.

Supo en ese momento que esa sería su última morada.

Sus últimos pensamientos fueron para Kalaac, y perdió el conocimiento.

-VII-

La gran Sedna estaba custodiada por dos enormes y atléticos goliats de seis metros de altura que impedían a todo ser viviente acercarse lo más mínimo a ella.

Astuk había oído hablar al chamán del poblado sobre las tenebrosas historias contadas sobre aquellos feroces gigantes, insaciables devoradores de inuits, historias que nunca había creído, e incluso reía de ellas…

Pero allí estaban ahora, frente a sus ojos…

La diosa estaba sentada en un trono de rojo coral y dirigía con los muñones de sus inexistentes manos una orquesta de miles, -qué digo, millones- diminutos y gráciles pececillos amarillo-rojo-azules que danzaban a su alrededor como si fueran un enorme, delicado y vivo abanico de colores, irradiando múltiples reflejos irisados de numerosos tonos mezclados y diferentes, del verde al azul y del azul al verde, del rojo al amarillo y de éste al rojo, indefinidamente.

Astuk quedó extasiado ante tal explosión de colorido y belleza.

El semblante de Sedna era tranquilo, hierático; piel muy blanca, ojos grandes y rasgados, de un topacio azul claro, nariz sensiblemente achatada y una pequeña boca proporcionada que enseñaba unos dientes relucientes mientras burbujas metálicas escapaban caprichosamente de su interior. Unos pequeños hoyuelos en sus mejillas hacían de aquel rostro algo angelical.

Mientras Astuk observada desconcertado esta escena -pues no se sabía si vivo o muerto, alma en pena o demonio expulsado del infierno-, uno de los gigantes se volvió hacia Sedna y le insinuó algo ininteligible; sus oídos no estaban preparados para entender el idioma del océano, pero llegó a distinguir por sus gestos que le estaba informando sobre la forma en que el pequeño hombrecillo -o sea, él- había caído en la trampa de la choza.

La diosa abrió sus ojos con aire de sorpresa y volvió su mirada hacia el inuit con evidente irritación, momento en el que su peinado se vino abajo y uno de los gigantes se vio obligado a recogérselo con una esmerada pericia antes de que el mar se tornara proceloso a su alrededor.

Mentalmente, Sedna le hizo saber que había quebrantado la entrada al submundo oceánico, y que por ella tan solo podían pasar las almas de los ya muertos y, desde allí, ser destinadas al cielo o al infierno, tras rendirle debida cuenta a ella de sus buenas y malas acciones terrenales.

Todo aquel que osara infringir esa línea sagrada de la choza  tenía como castigo la “media muerte”; estaría entre la tierra y el limbo, sería muerto y no muerto al mismo tiempo, ignorado físicamente por el resto de los mortales; y ése sería su destino eterno hasta que alguien de su propia raza muriera antes de salir el próximo sol y ella poder liberarle con el secuestro de la mitad de aquella otra alma. De esta manera completaría la suya y el fallecido intercambiaría con él los papeles.

Por último, sentenció que sería devuelto al mundo terrenal porque allí no tenía lugar ni cobijo para él. Acto seguido, sin más explicaciones, ordenó su expulsión y levantó su figura acompañada del séquito. Después, el otro gigante tomó al inuit como si fuera una simple rata, nadó con fuerza hasta la superficie y le impulsó fuera del remolino para depositarle nuevamente en la salida de la choza sagrada.

-VIII-

La noche anterior Kalaac había dado a luz a un hermoso niño, el tercero de su prole. Astuk aún no había regresado, y el chamán ordenó su partida a seis de los guerreros más experimentados, nada más ver el amanecer. Les ordenó que no volvieran al poblado si no era con Astuk vivo o portando su cadáver.

El parto había sido largo, cerca de tres horas; la impagable ayuda de las matronas fue encomiable, y todo llegó a buen puerto, pudiendo por fin acariciar a su nuevo hijo, pletórico de salud y vida. Parecía tener la misma fuerza que el padre; sus lloros eran rabiosos, retorcía su cuerpecillo con una fuerza inusitada, rebelándose contra todo intento de sometimiento materno.

Sus ojos eran los mismos ojos de Astuk; hasta ella misma se encontraba sorprendida del extraordinario parecido con el padre.

Los nerviosos ladridos de los perros quebrantaron de pronto los pensamientos de Kalaac; conocía esos ladridos, parecía que los obedientes Breka y Talum habían vuelto con Astuk, por fin, pero parecían alarmados. Rápidamente, nerviosa y sin saber cómo salir cuanto antes del iglú, envolvió al bebé entre las pieles, lo depositó suavemente sobre el camastro y partió en busca del añorado esposo…

-IX-

Nada más salir de aquella choza pudo darse cuenta de que sus fieles amigos le ignoraban, sin saber por qué. Su presencia era inadvertida para ellos, aunque creyó observar en el inteligente Talum ciertas miradas perdidas hacia donde se encontraba, a medida que se desplazaba a su alrededor, como si detectara un recuerdo lejano de lo que un día fue su dueño.

Sus pisadas no se marcaban en la nieve, y esa fue prueba suficiente de que aquello no había sido un mal sueño. La sentencia de Sedna se había cumplido; ahora era "medio alma" errante, un cuerpo inmaterial condenado a vagar entre las sombras de la llanura ártica…

-X-

Astuk llegó al poblado caminando, sin la compañía de sus perros, sin sentir dolor ni frío; sus padecimientos corporales habían desaparecido por completo y se sentía tan liviano como una pluma.

Estaba a punto del amanecer. Los perros habían decidido volver al poblado y, nada más llegar, hicieron notar su presencia con sus ladridos, provocando con ello que sus habitantes salieran alarmados de entre el calor de sus pieles preguntándose la razón de aquella algarabía canina.

Astuk vio a Kalaac salir corriendo del iglú y él también corrió para abrazarla… ¡La quería tanto…! Pensó –iluso de él- en sentir por fin el calor de su tierna compañía. La abrazaría con tal fuerza que, de sólo pensarlo, le entró miedo de hacerla daño o de ahogarla.

Cuando la figura de Kalaac traspasó su inmaterial fantasma sintió un dolor lacerante en todo su ser, cayó de rodillas en la nieve y se maldijo por su mala suerte y el destino que le había sido asignado por la implacable diosa.

Volvió la cabeza y observó con horror cómo su joven esposa rasgaba sus vestiduras y se arañaba el rostro con un llanto desgarrador ante la visión de los seis cazadores que volvían de batida, portando en parihuela el cuerpo inane del pequeño hombre.

Pasados los primeros minutos, después de besar repetidamente el recuperado cadáver, Kalaac volvió sus pasos hacia el hogar de ambos… Astuk la siguió.

Ella se acuclilló en la litera y, conteniendo el aliento, destapó con ternura un pequeño bulto que –a su contacto inesperado- comenzó inmediatamente a lloriquear y patalear nerviosamente…

… Astuk reconoció al instante a su hijo de apenas unas horas de vida.

Kalaac rompió a llorar en silencio y comenzó a ejecutar en su vástago el antiguo ritual. Su estrenada viudedad marcaba el inicio de un calvario y sus manos comenzaron a aferrarse alrededor del pequeño cuello del recién nacido buscando su muerte, inconsciente, sin dolor…

La impotencia ante la horrible visión se apoderó de Astuck y gritó llorando desconsolado sin que nadie pudiera oírle…

─¡No, Kalaac, no…!

Pero… Quiso la implacable Sedna reírse una vez más del pequeño esquimal, e introduciéndose en su atormentada mente, le ofreció una alternativa cambiando las cartas en juego:

─¿Qué eliges, hombrecillo: tu alma completa… o la vida de tu hijo en plenitud?...
 


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